
Hasta comienzos de este año, correr carreras era algo que nunca se me había pasado por la cabeza. Es más, siempre le tuve rechazo a todo lo vinculado con deporte, particularmente las competencias.
En el año 2000 me enamoré perdidamente de Ricardo. Él me convenció de estudiar Karate, y únicamente por amor, le hice caso. De pronto a mis 40 años, me encontré en un Dojo de Martínez, practicando Katas y Kobudo estilo Kyudokan.
Dos años después, cansada del machismo que había en ese ambiente y con un cinturón verde rodeándome la cintura, deje la disciplina.
Pasaron tres años. Me concentré en mi trabajo, soy docente de arte y de Diseño Gráfico, Ricardo y yo nos casamos, compramos una casa en ruinas y la comenzamos a reciclar con mucho esfuerzo y poco dinero, en gran parte trabajando nosotros mismos en la obra.
Muy de tanto en tanto, y más bien por una cuestión de conservar la figura que los años destrozan, una vez por semana iba al parquecito que está a unas cuadras de la estación Villa Adelina y con mucho esfuerzo daba unas cinco vueltas alrededor completando unos 4800 metros aprox. Lo demás era pintar paredes, entrar un metro de arena a la casa en carretilla, lavar puertas con viruta y aguarrás….
El 23 de marzo de 2006 a las 17.30 horas, nuestro sueño de vida terminó.
Ricardo, a quien los límites del planeta tierra le resultaban estrechos, estaba volando en una avioneta con uno de sus alumnos preferidos con destino a Andalgalá, Catamarca y la montaña no los dejó pasar.
Juntos se fueron de este mundo tal vez en busca de otros cielos.
Ese día, mi vida dejó de tener sentido…
Durante un largo año, convertida en un despojo de piel y huesos, alimentada a base de avena y té de manzanilla, llegaba del trabajo y me tiraba a llorar su ausencia en nuestra cama.
Ataques de pánico, terapia, ansiolíticos…por suerte no abusé ni del alcohol ni del tabaco a los que traté de mantener lo más lejos posible.
Con mucha ayuda de mis dos hijos, de mis amigos, de mis terapeutas, de mis compañeros de trabajo y mucho esfuerzo de mi parte, fui atravesando el largo y penoso calvario del duelo y sé que sólo me van a entender los que perdieron a un ser muy amado.
En el 2007, pasado el primer aniversario de su muerte, me volví a poner de pié y de a poco comencé a conectarme nuevamente con la vida. Hice amigos nuevos, volví a arreglarme, logré terminar la obra e inaugurar la casa y empecé a ir a un gimnasio donde corría 20-25 minutos de cinta y aparatos para volver a recuperar fuerza.
El 17 de noviembre nos encontramos con Enrique, que se había quedado viudo, el mismo año que yo y que casualmente corría desde hacía muchos años.
Y llegó el 2008, y exactamente el 2 de enero, en Valeria del Mar, una nueva fuerza amorosa me impulsó a correr todos los días y me di cuenta que correr me conectaba más y más con la energía vital, y corrí 30, 45, 50 minutos tomando de referencia el muelle de Pinamar que veía a lo lejos.
A los 14 días de entrenamiento (y lo atribuyo exclusivamente a la memoria muscular que mi cuerpo aún conserva de los dos años de práctica de Karate), ya podía correr una hora seguida y de allí a anotarme en mi primera carrera, la Nike de la mujer, fue apenas un paso, sin experiencia previa y con tan solo dos meses de entrenamiento, quedé en el puesto 18 de mi categoría (46-49), corriendo los 5 Km. en 26.06 min.
Durante estos meses, Enrique, con su experiencia de corredor, me hizo de liebre y con toda su santa paciencia y amor, trató de evitar que mi ansiedad me siguiera lesionando y me ayudó a planificar los entrenamientos.
La carrera de Miguel fue la primera de 10 Km. que corrimos juntos y lo pude hacer en menos de una hora (54.13). También corrimos la Nocturna de Vte. López, Ucema, Achiver de San Isidro, Club Colegiales y las Fiestas Mayas.
Durante esos meses de entrenamiento, aprendí muchas cosas. Incluso nuevos términos como “Periostitis Tibial” lesión horrible que me sigue torturando, pero que no logró detenerme. Probé medias compresoras, zapatillas nuevas que hubo que “amansar”, plantillas deportivas, cubitos de hielo, calor, pomadas antiinflamatorias…
Nada pudo apartarme de mi objetivo de los 21 km. Seguí y seguí aumentando la cantidad de tiempo de fondo, sumando kilómetros sin parar. Me congelé en invierno, soporté ampollas varias y una vez, corriendo de noche, una raíz traicionera me hizo una zancadilla y me caí, rompiéndome la boca, pero volví a mi casa con la cara deforme y los labios ensangrentados, corriendo.
Me acostumbré a llegar muy cansada después de 8 hs. de trabajo e inmediatamente cambiarme y salir a correr. Porque rápidamente comprendí que correr 21 Km., no le es tan fácil al cuerpo.
Me llevó un poco más de nueve meses de entrenamiento gestar y parir esta primera media maratón, con bastante sacrificio y a veces sufrimiento que las endorfinas apenas disimulan. (Y van mis respetos a todos lo que se animan, ya que han tenido que entrenar corriendo como mínimo 50 Km. por semana para llegar enteros). Y entendí, que si bien uno debe entrenar el cuerpo, lo que corre más rápido es el espíritu y las ganas, y ese fue el motivo de seguir a pesar de todo.
Finalmente el día tan esperado llegó, 21 de septiembre, y la pregunta de rigor que me hicieron muchos: ¿Por qué hacés todo esto, estás loca?, y va la respuesta que surge de mi corazón: correr es una metáfora de nuestro trayecto por la vida, la largada es como un nacimiento y la llegada es como alcanzar el cielo y yo sé que en el cielo está Ricardo, esperándome con los brazos abiertos y una sonrisa enorme, diciéndome:- “yo sabía que vos no me ibas a fallar”, y también en ese cielo está Laura esperándolo a Enrique:- “que bueno que la ayudaste a llegar, porque sin vos, ella no hubiera podido”.
…porque el 20 de septiembre hubieses cumplido 51 años, va mi regalo, estos primeros 21, corridos en 1.54 minutos, te los dedico a vos, porque en tu honor, pude hacerlos.
… Y va todo mi amor y agradecimiento a Enrique, que me acompañó, entrenó, soportó y amó incondicionalmente durante estos nueve meses y muchos más… ya que en noviembre de 2009, vamos por los 42!!!!!!
En el año 2000 me enamoré perdidamente de Ricardo. Él me convenció de estudiar Karate, y únicamente por amor, le hice caso. De pronto a mis 40 años, me encontré en un Dojo de Martínez, practicando Katas y Kobudo estilo Kyudokan.
Dos años después, cansada del machismo que había en ese ambiente y con un cinturón verde rodeándome la cintura, deje la disciplina.
Pasaron tres años. Me concentré en mi trabajo, soy docente de arte y de Diseño Gráfico, Ricardo y yo nos casamos, compramos una casa en ruinas y la comenzamos a reciclar con mucho esfuerzo y poco dinero, en gran parte trabajando nosotros mismos en la obra.
Muy de tanto en tanto, y más bien por una cuestión de conservar la figura que los años destrozan, una vez por semana iba al parquecito que está a unas cuadras de la estación Villa Adelina y con mucho esfuerzo daba unas cinco vueltas alrededor completando unos 4800 metros aprox. Lo demás era pintar paredes, entrar un metro de arena a la casa en carretilla, lavar puertas con viruta y aguarrás….
El 23 de marzo de 2006 a las 17.30 horas, nuestro sueño de vida terminó.
Ricardo, a quien los límites del planeta tierra le resultaban estrechos, estaba volando en una avioneta con uno de sus alumnos preferidos con destino a Andalgalá, Catamarca y la montaña no los dejó pasar.
Juntos se fueron de este mundo tal vez en busca de otros cielos.
Ese día, mi vida dejó de tener sentido…
Durante un largo año, convertida en un despojo de piel y huesos, alimentada a base de avena y té de manzanilla, llegaba del trabajo y me tiraba a llorar su ausencia en nuestra cama.
Ataques de pánico, terapia, ansiolíticos…por suerte no abusé ni del alcohol ni del tabaco a los que traté de mantener lo más lejos posible.
Con mucha ayuda de mis dos hijos, de mis amigos, de mis terapeutas, de mis compañeros de trabajo y mucho esfuerzo de mi parte, fui atravesando el largo y penoso calvario del duelo y sé que sólo me van a entender los que perdieron a un ser muy amado.
En el 2007, pasado el primer aniversario de su muerte, me volví a poner de pié y de a poco comencé a conectarme nuevamente con la vida. Hice amigos nuevos, volví a arreglarme, logré terminar la obra e inaugurar la casa y empecé a ir a un gimnasio donde corría 20-25 minutos de cinta y aparatos para volver a recuperar fuerza.
El 17 de noviembre nos encontramos con Enrique, que se había quedado viudo, el mismo año que yo y que casualmente corría desde hacía muchos años.
Y llegó el 2008, y exactamente el 2 de enero, en Valeria del Mar, una nueva fuerza amorosa me impulsó a correr todos los días y me di cuenta que correr me conectaba más y más con la energía vital, y corrí 30, 45, 50 minutos tomando de referencia el muelle de Pinamar que veía a lo lejos.
A los 14 días de entrenamiento (y lo atribuyo exclusivamente a la memoria muscular que mi cuerpo aún conserva de los dos años de práctica de Karate), ya podía correr una hora seguida y de allí a anotarme en mi primera carrera, la Nike de la mujer, fue apenas un paso, sin experiencia previa y con tan solo dos meses de entrenamiento, quedé en el puesto 18 de mi categoría (46-49), corriendo los 5 Km. en 26.06 min.
Durante estos meses, Enrique, con su experiencia de corredor, me hizo de liebre y con toda su santa paciencia y amor, trató de evitar que mi ansiedad me siguiera lesionando y me ayudó a planificar los entrenamientos.
La carrera de Miguel fue la primera de 10 Km. que corrimos juntos y lo pude hacer en menos de una hora (54.13). También corrimos la Nocturna de Vte. López, Ucema, Achiver de San Isidro, Club Colegiales y las Fiestas Mayas.
Durante esos meses de entrenamiento, aprendí muchas cosas. Incluso nuevos términos como “Periostitis Tibial” lesión horrible que me sigue torturando, pero que no logró detenerme. Probé medias compresoras, zapatillas nuevas que hubo que “amansar”, plantillas deportivas, cubitos de hielo, calor, pomadas antiinflamatorias…
Nada pudo apartarme de mi objetivo de los 21 km. Seguí y seguí aumentando la cantidad de tiempo de fondo, sumando kilómetros sin parar. Me congelé en invierno, soporté ampollas varias y una vez, corriendo de noche, una raíz traicionera me hizo una zancadilla y me caí, rompiéndome la boca, pero volví a mi casa con la cara deforme y los labios ensangrentados, corriendo.
Me acostumbré a llegar muy cansada después de 8 hs. de trabajo e inmediatamente cambiarme y salir a correr. Porque rápidamente comprendí que correr 21 Km., no le es tan fácil al cuerpo.
Me llevó un poco más de nueve meses de entrenamiento gestar y parir esta primera media maratón, con bastante sacrificio y a veces sufrimiento que las endorfinas apenas disimulan. (Y van mis respetos a todos lo que se animan, ya que han tenido que entrenar corriendo como mínimo 50 Km. por semana para llegar enteros). Y entendí, que si bien uno debe entrenar el cuerpo, lo que corre más rápido es el espíritu y las ganas, y ese fue el motivo de seguir a pesar de todo.
Finalmente el día tan esperado llegó, 21 de septiembre, y la pregunta de rigor que me hicieron muchos: ¿Por qué hacés todo esto, estás loca?, y va la respuesta que surge de mi corazón: correr es una metáfora de nuestro trayecto por la vida, la largada es como un nacimiento y la llegada es como alcanzar el cielo y yo sé que en el cielo está Ricardo, esperándome con los brazos abiertos y una sonrisa enorme, diciéndome:- “yo sabía que vos no me ibas a fallar”, y también en ese cielo está Laura esperándolo a Enrique:- “que bueno que la ayudaste a llegar, porque sin vos, ella no hubiera podido”.
…porque el 20 de septiembre hubieses cumplido 51 años, va mi regalo, estos primeros 21, corridos en 1.54 minutos, te los dedico a vos, porque en tu honor, pude hacerlos.
… Y va todo mi amor y agradecimiento a Enrique, que me acompañó, entrenó, soportó y amó incondicionalmente durante estos nueve meses y muchos más… ya que en noviembre de 2009, vamos por los 42!!!!!!



